domingo, 28 de noviembre de 2010

STAND BY

Reconozco que algunas noches veo programas del corazón. Alcanzo la primera fase del sueño –aunque parezca increíble– entre conversaciones a menudo absurdas (puede que esto explique algunas de mis pesadillas). En cualquier caso no quería empezar faltando a la verdad y diciendo que cuando llego a casa a las nueve de la noche me muero por ver cosas serias y trascendentales (para eso ya tengo mi intensa jornada laboral). En un ejercicio de honestidad debo admitir que a veces me sonroja confesar mi flaqueza con el mando a distancia, aunque nadie sospecharía de mí si dijera que la noche anterior vi un excelente documental sobre el desembarco de Normandía en La 2.
Hace unas semanas recibí un email de una compañera y amiga con la que comparto devoción por la Historia (en mayúscula) y pasión por el Periodismo (también en mayúscula). No recuerdo bien cuáles fueron sus palabras pero decía algo así como “esto nos interesa por nuestra formación en Historia y ahora también como periodistas”. El email adjuntaba la carta supuestamente redactada por una profesora de secundaria –no puedo precisar más– que denunciaba la apología a la ignorancia se hace en algunos programas del corazón. Se adjuntaba un enlace a un vídeo de Youtube en el que Belén Esteban, al ser preguntada sobre cuestiones de cultura general, hacía gala de su ignorancia en el plató de Sálvame: la Edad Media termina “cuando los seres humanos hacen la escritura” y el acueducto de Segovia es un monumento medieval. Esta deslealtad a la inteligencia humana hacía que el público –más ignorante todavía- riera a carcajada limpia. También lo hacían sus compañeros de plató, alguno de ellos engreídos licenciados e inclusive militantes de reconocidas formaciones feministas. En su carta la profesora hacía una reflexión sobre la responsabilidad que tienen los medios de comunicación en la formación de los jóvenes, un deber que en ocasiones parece recaer casi en exclusividad en los docentes.
Aunque ya me he confesado semiespectadora de programas del corazón, algo así como una cotilla descafeinada, hay un punto en el que no todo vale y este se alcanza cuando se pasa el límite entre el espectáculo circense y la descalificación. Esto es lo que ocurrió de manera especialmente bochornosa y censurable el pasado día cinco de noviembre en la emisión de programa Sálvame de luxe. Reconozco que he tenido que documentarme para conocer a la protagonista en cuestión. Se trata de Verónica González, conocida en el mundo rosa como La vecina traidora de Belén Esteban y también –lamentablemente– como Lady Nenuco, mote que le pusieron en el citado programa por su terrible adicción al alcohol. Vi los primeros minutos de la entrevista, luego apagué la tele por vergüenza. VERGÜENZA con mayúsculas. Así que con lo poco que vi, los vídeos de Youtube y otros artículos de Internet me he hecho una fidedigna idea de lo que pasó.
Primero la tal Verónica salió a la palestra para decir que el entonces novio de la Esteban le había sido infiel. Luego denunció al marido-exmarido-marido de Belén por malos tratos (supuestamente el joven camarero la había echado de malas maneras de su bar). Y así empieza a liarse la madeja y a formarse un nuevo personaje público. Pero sus artífices pasaron por alto un detalle: Verónica, además de tener graves problemas con el alcohol, padece un trastorno mental. El personaje era una bomba de relojería que, finalmente, estalló. La vecina traidora fue hospitalizada en una clínica de desintoxicación después de haber aparecido en varias ocasiones zigzagueando por las calles de Madrid y tras haber sido blanco televisivo en sus peores momentos. Lo más rastrero estaba por llegar, y sucedió la noche de aquel viernes.
El programa Sálvame de luxe sentó en el plató a Verónica cuando esta se encontraba en pleno proceso de desintoxicación. No se habían mofado todavía lo suficiente de ella que esta vez la “redimían” de su tratamiento médico para quién sabe qué propósito. Personalmente en estos casos tengo clara de quién es la responsabilidad: el programa –aunque sea por decencia– nunca tuvo que sentar a nadie que no estuviese en condiciones de hacer frente a este tipo de espectáculo. Tuvo que entrar en antena su madre para decir que ya había advertido al programa que Verónica no estaba en condiciones de ir y que era una barbaridad que la sacaran de la clínica para ello. Pero el espectáculo estaba servido. La vecina traidora confesó una verdad que era una secreto a voces: soy alcohólica y sufro un Trastorno Límite de la Personalidad, dijo con voz gangosa. Su disparatada intervención no debía ser sorpresa para nadie conociendo el estado en el que se encontraba, pero los colaboradores de Sálvame de Luxe sufrieron un sospechoso ataque de empatía y madurez y sugirieron que Verónica abandonara el plató. Fue entonces cuando pulsé el botón Stand by del mando a distancia, me tapé con el nórdico hasta el cuello y cerré los ojos. Seguramente me dormí.


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