
Hace unos días vi en prensa la foto de Turco, un precioso labrador blanco que había sido abandonado con un corte en el cuello para quitarle el chip. Turco debe ser el capricho de algún niño, o quizás de algún adulto. En cualquier caso, el capricho de un irresponsable. Pero cosas de la vida, Turco ha pasado de ser un estorbo a un héroe: se ha convertido en un perro de rescate que ha salvado vidas tras el terremoto de Haití.
Hace dos años llegó Silka. Lo recuerdo perfectamente: era el día de Nochebuena, queríamos un cachorro pero finalmente no pudo ser y nos quedamos con ella. Tenía ya siete años -una anciana- y su dueño era un criador de perros que aunque la adoraba nos la dió porque le costaba quedarse embarazada. Casualmente a los seis meses de estar en casa, Silka dio a luz y de ella vino Nina, una preciosa labrador blanca, caprichosa y consentida a la vez que tierna y bondadosa.
Silka y Nina son mis más bendita obligación. Disfruto cuidandolas, padezco si están demasiado tiempo solas y me arrancan una sonrisa cada vez que al abrir la puerta de casa me las encuentro moviendo enérgicamente el rabo como muestra de alegría.
Turco no tuvo la misma suerte que Nina o sus otros seis hermanos que han caído en manos bondadosas. Pero la vida le ha dado una segunda oportunidad y él, agradecido, ha elegido rescatar del infierno a quiénes también creían que había llegado el final.
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