martes, 14 de diciembre de 2010

Aunque parezca mentira

Aunque parezca mentira, los españoles también fuimos inmigrantes. Sí. Nosotros
también hemos ido de un lado a otro buscando una vida más digna, un futuro mejor
que el que en algún tiempo nos ofrecía nuestro país. No hay que remontarse muchos
años atrás para dar con la gran diáspora del exilio republicano que vino de la mano de la guerra civil y se acentuó notablemente durante la dictadura del general Franco. No sería hasta la crisis de 1973 cuando, unido a la llegada de la democracia en España y al desarrollo y consolidación del Estado de Bienestar, la tendencia se invirtió y pasamos entonces de ser un país emisor de emigrantes a ser receptor de inmigrantes (es comprensible que nadie quisiera emigrar a un país dictatorial). Aunque parezca mentira, esto es así y la Historia lo avala, es más: se calcula que alrededor de 220.000 de aquellos exiliados no han vuelto, ni parece que tengan intención de hacerlo. Es lo que comúnmente se llama ‘exilio permanente’ que no es otra cosa que haber echado tales raíces en el país de acogida que uno decide no volver.
También hemos sido emigrantes pendulares. Sí. Los españoles hemos ido y vuelto de
un país a otro en cuestión de días para buscarnos las habichuelas. Esto también es
cierto, aunque parezca mentira, porque esto de nacer con un pan y un diploma
universitario bajo de los brazos es así desde tiempos muy muy recientes. Si no que se
le pregunten a los miles de vendimiadores que hacían crujir sus espaldas año tras año
recogiendo uva en Francia. Algunos españoles de la posguerra también pasaron
hambre, y mucha. Lo sé por mi abuelo. Interiorizaron de tal manera un modo de vida
tan austero, mesurado y pobre que murieron con las despensas llenas de comida y de
aceite por el temor de volver a pasar hambre. Y es que, aunque parezca mentira, en
España no hace muchos años hubo hambruna y la gente tuvo que emigrar para no
morir de hambre. Sí, para no morir de hambre.
Pero ahora –por suerte para nosotros– las cosas han cambiado: emigramos para
aprender idiomas, para trabajar, incluso emigramos por amor. Pero en este nuevo
escenario con un decorado totalmente nuevo, olvidamos que, aunque parezca mentira,
no hace tantos años emigramos en busca de trabajo y no lo hicimos con pateras por
una única razón: el medio físico nos permitía hacerlo de manera más segura, porque
cuando uno tiene hambre si hace falta coge hasta una barca hinchable de Carrefour. A
la sociedad actual le hace falta una buena lección de Historia, de memoria histórica.
Quizás esto nos permitiría a todos reflexionar con más madurez sobre la inmigración.
En 2007 la socialista Ségolène Royal patinó con gran torpeza en el discurso que le
debía haber llevado a ser la primera mujer presidenta de la República Francesa. Como
si fuera el Mesías, en sus intervenciones Royal extendía sus brazos y decía aquello de “¡Amadme! ¡Os amo! ¡Amaos los unos a los otros..!”. Y fracasó. Porque en tiempos
de crisis la gente no entiende de amor, sino de supervivencia, porque en tiempo de
crisis la sociedades se hacen conservadoras, se acurrucan y se encierran en si mismas.
Esta es la misma piedra con la que ha tropezado el presidente del Gobierno de
España, José Luis Rodríguez Zapatero. Si pensamos en clave progresista y con
mentalidad de izquierda sus medidas sociales, y más concretamente, su política sobre
inmigración, son acertadas, pero no se han ejecutado en tiempo y forma precisos. Si a
esto le sumamos la voraz y salvaje campaña de la derecha política española, la grave
crisis económica y la ignorancia e incultura popular, lo que tenemos entre manos es
una auténtica bomba de relojería.
De todo ello lo que más me preocupa es el aspecto político/ciudadano, es decir, el
cómo determinados grupos políticos y mediáticos se lo montan para darle la vuelta a
la tortilla y convertir políticas sociales en políticas antisociales. Llega entonces el discurso fácil y la demagogia que se expande como la pólvora entre el pueblo llano (y no tan llano). Quién no ha escuchado a su vecino decir que los inmigrantes tienen más derechos, que su hijo se ha quedado sin plaza en un colegio público y cercano a su domicilio porque se la han dado a un moro, que hay un rumano que cobra paro y él no, en definitiva, que los que vienen de fuera tienen más derechos que nosotros.
Un elemento clave de control social es la táctica de la distracción que consiste en
desviar la atención del público de los problemas importantes con una tormenta de
distracciones e informaciones que deforman la realidad. Ello se consigue con un
discurso infantil y simple dirigido a un público –desde mi punto de vista– con los
mismos rasgos. Entonces llegan los argumentos que se utilizan en España contra la
inmigración: 1. Zapatero ha dado papeles para todos. 2. Los socialistas han ayudado a
los inmigrantes más que a los españoles. 3. Tienen más derechos los de fuera que los
españoles. Y suma y sigue.
Claro está que con este caldo de cultivo poco se puede esperar de una sociedad en
crisis que se agarra a cualquier discurso que le dé un soplo de (falsa) esperanza. Es
cierto que algunas de las medidas sociales de las dos últimas legislaturas socialistas no se han calibrado como debiera haberse hecho. Pero a los españoles les falta memoria, memoria o educación, porque hay quienes parecen haberlo olvidado, pero
los hay que –aunque parezca mentira- no lo han sabido nunca.

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