sábado, 25 de diciembre de 2010

Ley de custodia compartida. ¿Por qué no?

Hay debates que no pasan de moda, parece que se anclan en el tiempo o incluso que se regeneran con el paso de los años entorpeciendo el progreso y la igualdad social. La lucha de la mujer por hacerse hueco en la sociedad más allá de su papel de esposa y madre ha sido una de las batallas más arduas y legendarias de este pasado siglo XX. Sin duda alguna, esta centuria que hemos estrenado hace apenas una década, será el siglo de la lucha masculina por conquistar algunas parcelas de la vida familiar hasta ahora patrimonio exclusivo de las mujeres. El derecho a la custodia paternal es la particular cruzada masculina del siglo XXI. La lucha por la igualdad de género ha puesto de relieve que cada uno de los géneros tiene determinados privilegios para según qué asuntos. Si al hombre se le ha considero V.I.P. en el mundo laboral, la mujer también tiene su peso en según qué asuntos.
A inicios de este mes de septiembre en la Comunidad de Aragón entró en vigor la Ley de Custodia Compartida, una norma pionera en España que establece este régimen como preferente en caso de divorcios sin acuerdo entre los progenitores. Con esta ley se da un paso adelante para dejar atrás la tesis sobre la idoneidad de la figura materna a la hora de criar a un hijo. La nueva ley abre una ventana a los colectivos de hombres divorciados de otras comunidades autónomas que bajo el recurrido eslogan de ‘Custodia compartida ya’ luchan por su derecho a criar a sus hijos.
Un cambio legislativo de esta envergadura debe llevar aparejado indiscutiblemente un cambio de mentalidad de la sociedad. Tradicionalmente, y exceptuando casos muy concretos, ante una ruptura matrimonial la custodia había recaído siempre en la madre. Es más, se trataba de una disposición socialmente tan asumida que la figura paterna no contemplaba la posibilidad de una custodia compartida y mucho menos plena. Pero la incorporación de la mujer al mundo laboral y su nuevo rol en la sociedad, precisamente, ha contribuido a configurar otro panorama. Ahora, ni las mujeres renuncian a su vida profesional ni los hombres a su papel como padres. Así pues, parece que la opción más idónea es la que establece el régimen de custodia compartida.
La cuestión tiene varias interpretaciones entrelazadas las unas con las otras. Se parte del presupuesto de que en la mayoría de casos el ego materno de muchas mujeres incapacita a los hombres en su función como padre y menosprecia sus capacidades para ejercer como tal. Es por esto que la mujer que otorga la custodia al cien por cien al padre se le considera una mala madre, mientras que el hombre tiene licencia para hacerlo sin correr el riesgo de que se le tilde de mal padre o de haber abandonado a la familia.
Fiel reflejo de esta realidad es la mítica película Kramer contra Kramer. Galardonada con cinco Oscars y alabada a la par que avalada por la crítica, el film de Robert Benton causó en su día gran impacto en la sociedad –especialmente la norteamericana. No era nada habitual en la década de los 70’s (la película se estrenó en 1979) que el tema de la custodia paterna fuera argumento en la gran pantalla. Pero su estreno era el reflejo del cambió cultural de los 70’s y del brote de la Tercera ola del feminismo, donde la búsqueda de la igualdad de género había dejado paso a la lucha de las mujeres por la diferencia. Pero los avances en el mundo del feminismo han ido acompañados de una corriente –aparentemente opuesta- en pro de los derechos de los hombres: es el masculinismo. Si en sus orígenes, allá por los años cincuenta, hicieron piña ante los desagravios económicos que padecían tras un divorcio, años después sería el anhelo por los hijos su leiv motiv.
En este contexto se desenvuelve este film estadounidense protagonizado por Dustin Hoffman i Meryl Streep. Ella, una madre que asegura que durante el matrimonio “llegué a perder mi propia estimación”, abandona a marido e hijo. Él, un ejecutivo de publicidad que reconoce haber tratado de “convertir” a su mujer en lo que él quería. En medio un niño que con estupor e ignorancia contempla como su idílica vida familiar se desmorona de golpe. Después de perder su trabajo y esforzarse con éxito por ganarse a su hijo, Tred Kramer no está dispuesto a perderlo ante la reaparición de una madre que reclama una custodia con un: “Yo soy su madre”. “Yo no sé dónde está escrito que la mujer tiene esa exclusiva”, dice Tred Kramer al juez para defender su derecho como padre a la custodia de su pequeño.
Pues bien, este debate, el de la sobrevalorada maternidad, hoy más de treinta años después del estreno de la película sigue sin resolverse. La condición de madre en la sociedad actual reviste a la mujer de una especie de coraza impermeable que la justicia raramente se atreve a despojar. La maternidad pesa y mucho a la hora de que la justicia se decline a otorgar una custodia en casos de divorcio. Pero, “¿Qué le dice que la mujer es mejor que el padre”, preguntó Tred al juez. “Yo no sé dónde está escrito que la mujer tiene esa exclusiva”, argumentó. Pero la sentencia estaba dictada de antemano: “El juez se inclinó por la maternidad sin dudarlo”, le comunicó el abogado a un apenado y despagado padre que en los últimos años había pasado de la torpeza a la habilidad, del desentendimiento a la preocupación.
Pero lo más triste de la película es que todavía está vigente y en la actualidad su hilo argumental sigue teniendo todo el sentido. Los teóricos aseguran que las teorías feministas van ganando espacio de manera constante, sin retrocesos, mientras que las masculinistas no logran alzar el vuelo. Aunque es cierto que a las mujeres les quedan todavía muchas parcelas por conquistar especialmente en el mundo laboral, también es cierto que combatir el sexismo contra el hombre es todavía una asignatura pendiente. El progreso de una sociedad no puede asentarse sobre ningún tipo de desigualdad. Es por ello que tanto la mujer como el hombre deben ceder parcelas que hasta ahora habían disfrutado en exclusividad. A lo largo de este siglo XXI se debe luchar por alcanzar una auténtica igualdad de géneros, una igualdad en la que las parcelas de la cotidianidad estén distribuidas por igual, donde nadie sea más V.I.P. en nada de nada.

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